sábado, 11 de junio de 2011

Frases de “Juego de Tronos”

Buenoooo, ya que no me molesté en ocultar mi obsesiva afición a la saga  de “Canción de hielo y fuego” en el pasado, pues…¿ como pa´ que hacerlo ahora?, así que mejor le doy vuelo a mi lado obseso!!. Se me ocurrió hacer un post de las frases  más memorables (ojo: a MI juicio) de “Juego de tronos”; ya después de los demás libros =P. 

juegodetronos

Así que aquí van, aunque son muchas, perooo…son buenas ;) (digo yo) y pues es que hay muuucha tela de donde cortar. La cosa es así: en negritas están las “más acá” (como diría mi minibro) o digamos, las más sobresalientes. Incluí no sólo frases, sino también, unos fragmentos, que a mi me fascinan. 

Tal ve así, quede claro por que me requete-encanta  Tyrion Lannister!! =P
ADVIERTO que son muuuchas…y eso que me puse exigente según yo jeje, por eso para verlas, da click en “Entrada completa”.










—¿Un hombre puede ser valiente cuando tiene miedo? —preguntó Bran después de meditar un instante.
—Es el único momento en que puede ser valiente —dijo su padre.



La sangre de los primeros hombres corre todavía por las venas de los Stark, y creemos que el hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada. Si le vas a quitar la vida a un hombre, tienes un deber para con él, y es mirarlo a los ojos y escuchar sus ultimas palabras. Si no soportas eso, quizá es que ese hombre no debe morir.El gobernante que se esconde tras ejecutores a sueldo olvida pronto lo que es la muerte.  (Ned Stark)


—No escarmiento, a estas alturas ya debería saber que no se puede discutir con una Tully —dijo con sonrisa pesarosa. (Ned Stark)
 
Ese condenado... Voy a darle de patadas en su culo de rey. (Ned Stark)
 
¡Ned! ¡Cómo me alegro de verte! ¡Sigues igual, no sonríes ni aunque te maten! (Robert Baratheon)
 
—Los Otros se lleven a mi esposa —murmuró Robert con amargura. Pero, pese a todo,
echó a andar con pasos pesados por donde habían venido—. Por cierto, si me sigues tratando con tanta formalidad, haré que te corten la cabeza y la claven en una pica. Entre nosotros hay mucho más que esas tonterías (Robert Baratheon)

 
Ned preferiría confiar un niño a los cuidados de una víbora que a Lord Tywin, pero no quiso decirlo. Algunas heridas no llegan a cerrarse jamás, y sangran de nuevo a la menor mención.


—Me preocupa más el bienestar de mi sobrino que el orgullo de un Lannister.
—Eso es porque no duermes cada noche con una Lannister —rió Robert, con una carcajada que resonó entre las tumbas y despertó ecos en la bóveda del techo.



—Supongo que te preguntarás por qué he venido a Invernalia después de tanto tiempo —continuó Robert.
—Sin duda por el placer que te produce estar conmigo —dijo Ned a la ligera.



Un bastardo tiene que aprender a fijarse en todo, a descubrir las verdades que la gente oculta tras los ojos.
 
Daeren Targaryen sólo tenía catorce años cuando conquistó Dorne —dijo Jon. El Joven Dragón era uno de sus héroes.
—Una conquista que duró un verano —señaló su tío—. Ese niño rey que tanto admiras perdió diez mil hombres en la conquista de Dorne, y cincuenta mil más intentando defenderlo. Nadie le había explicado que la guerra no es un juego. —Bebió otro sorbo de vino—. Además —siguió—, Daeren Targaryen sólo tenía dieciocho años cuando murió. ¿O esa parte se te había olvidado? (Benjen Stark)

 
—¡No me importa! —insistió Jon, exaltado.
—Quizá te importaría si lo entendieras. Si supieras qué te puede costar ese juramento no tendrías tantas ganas de pagar el precio, hijo. (Benjen Stark)

 
Hace tiempo descubrí que se considera de mala educación vomitar encima de tu hermano.  (Tyrion Lannister, el enano más divertido de los 7 reinos)
 
—Y tú eres el bastardo de Ned Stark, ¿no? —El muchacho sintió un frío que lo atravesaba. Apretó los labios y no respondió—. ¿Te he ofendido? —continuó Lannister—. Lo siento. Los enanos no necesitamos tener tacto. Generaciones de bufones con trajes de colorines me dan derecho a vestir mal y a decir todo lo que se me pase por la cabeza. —Sonrió—. Pero eres el bastardo. (Tyrion Lannister)
 
—Permite que te dé un consejo, bastardo —siguió Lannister—. Nunca olvides qué eres, porque desde luego el mundo no lo va a olvidar. Conviértelo en tu mejor arma, así nunca será tu punto débil. Úsalo como armadura y nadie podrá utilizarlo para herirte.
—Qué sabrás tú lo que significa ser un bastardo. —Jon no estaba de humor para  aceptar consejos de nadie.
—Todos los enanos son bastardos a los ojos de sus padres.
—Eres hijo legítimo, tu madre era la esposa del señor de Lannister.
—¿De verdad? —sonrió el enano sarcástico—. Pues díselo a él. Mi madre murió al darme a luz, y nunca ha estado muy seguro.
—Yo ni siquiera sé quién era mi madre —dijo Jon.
—Sin duda, una mujer. Como la mayoría de las madres.
—Dedicó a Jon una sonrisa
pesarosa—. Recuerda bien lo que te digo, chico. Todos los enanos pueden ser bastardos, pero no todos los bastardos son necesariamente enanos.
Sin decir más, se dio media vuelta, y renqueó hacia el banquete, silbando una melodía. Al abrir la puerta la luz se derramó por el patio y proyectó su sombra contra el suelo. Y allí, por un instante, Tyrion Lannister pareció alto como un rey. 



El cachorro era más listo que cualquiera de los perros de su padre, y Bran habría jurado que entendía todo lo que le decía, pero por lo visto no le interesaba la caza de palos.


Los tejados de Invernalia eran el segundo hogar de Bran. Su madre decía a menudo que Bran ya trepaba antes de empezar a andar. El niño no recordaba cuándo aprendió a andar, pero tampoco recordaba cuándo trepó por primera vez, así que suponía que era cierto.
 
…y cojeó hacia la mesa sobre la que el septon roncaba suavemente con la
cabeza apoyada en el libro abierto ante él. Tyrion leyó el título. Una biografía del Gran Maestre Aethelmure, aquello lo explicaba todo.



—¡Enviaré un perro para matar a otro perro! —exclamó el príncipe; parecía divertirle
enormemente la idea—. Son una auténtica plaga en Invernalia, los Stark no lo notarán si les falta uno.
—Lamento no estar de acuerdo, sobrino —dijo Tyrion después de saltar del último peldaño al patio—. Los Stark saben contar hasta seis, a diferencia de algunos príncipes que conozco. 

 
Tyrion se preguntó durante un momento cómo sería tener un hermano gemelo, y pensó que prefería no saberlo. Ya era bastante duro enfrentarse a sí mismo cada mañana en el espejo. La sola idea de ver a alguien como él era aterradora.


¡Mi querido hermano, espero que no estés pensando vestir el negro! —dijo Jaime con una sonrisa.
¿Cómo, hacer yo voto de celibato? —Tyrion se echó a reír—. Las putas se morirían del disgusto desde Dorne a Roca Casterly. No, lo único que quiero es subirme al Muro y mear por el borde del mundo.

 
De todos modos, Lord Eddard no puede hacer nada por el niño.
—Podría poner fin a su sufrimiento —dijo Jaime—. Si se tratara de mi hijo, yo lo haría. Es lo más misericordioso.
Mi querido hermano, te recomiendo que no se lo sugieras a Lord Eddard —dijo Tyrion—. No se lo tomaría nada bien.
—Ese niño, si sobrevive, será un lisiado. Peor que un lisiado. Un ser grotesco. Prefiero mil veces una muerte limpia.
—Manifiesto mi más profundo desacuerdo, en nombre de todos los seres grotescos del mundo —dijo Tyrion encogiéndose de hombros, gesto que acentuó su deformidad—. ¡La muerte es tan... definitiva! Mientras que la vida está llena de posibilidades.
—Eres un gnomo perverso. —Jaime sonrió.
—Desde luego —admitió Tyrion—.



—Estoy convencido de que encontrarás algún lugar donde meterme —fue la réplica de
Tyrion—. No sé si te habrás dado cuenta, pero soy muy pequeño.

 
—¿Por qué lees tanto?
Tyrion alzó la vista al oír aquella voz. Jon Nieve estaba a poca distancia de él y lo miraba con curiosidad. Cerró el libro, dejando dentro el dedo para marcar la página.
—Mírame bien y dime qué ves.
—¿Es un truco o qué? —El chico le lanzó una mirada desconfiada—. Te veo a ti, Tyrion Lannister.
—Para ser un bastardo estás muy bien educado, Nieve —dijo Tyrion con un suspiro—. Lo que ves es un enano. ¿Qué edad tienes, doce años?
—Catorce —dijo el chico.
—Catorce, y eres más alto de lo que yo seré en la vida. Tengo las piernas cortas y retorcidas, y me cuesta caminar. Necesito una silla de montar especial para no caerme del caballo. Por cierto, la diseñé yo mismo, ya que hablamos del tema. Tenía que elegir entre eso o ir en poni. Tengo fuerza en los brazos, pero también son cortos. Nunca seré un espadachín. Si hubiera nacido en una familia de campesinos seguramente me habrían abandonado a la intemperie para que muriera, o me habrían vendido como monstruo de feria. Pero soy un Lannister de Roca Casterly, y eso que se perdieron las ferias. Se esperan cosas de mí. Mi padre fue Mano del Rey veinte años. Después resulta que mi hermano mató a ese mismo rey, ironías de la vida. Mi hermana se casó con el nuevo rey, y ese odioso sobrino que tengo será rey tras su muerte. Debo hacer algo por el honor de mi casa, ¿no te parece? Pero, ¿qué? Puede que tenga las piernas cortas en relación con mi cuerpo, pero la cabeza la tengo demasiado grande, aunque yo prefiero pensar que es del tamaño adecuado para mi mente. Tengo una idea bastante precisa de cuáles son mis puntos fuertes y mis puntos débiles. Mi mejor arma está en el cerebro. Mi hermano tiene su espada, el rey Robert tiene su maza, y yo tengo mi mente... Pero una mente necesita de los libros igual que una espada de una piedra de amolar, para conservar el filo. —Tyrion dio un golpecito a la tapa de cuero del libro—. Por eso leo tanto, Jon Nieve.

 
Qué pena, ¿no? Cuando yo era de tu edad soñaba con tener un dragón para mí solo.
—¿De verdad? —inquirió Jon, desconfiado. Quizá pensara que Tyrion se estaba burlando de él.
—De verdad. Hasta un niño feo y deforme puede mirar el mundo desde arriba si va a lomos de un dragón. —Tyrion apartó a un lado las pieles de oso y se puso en pie—. A veces encendía hogueras en las entrañas de Roca Casterly, y me pasaba las horas contemplando las llamas, haciendo como si fueran fuegodragón. A veces me imaginaba que mi padre ardía en ellas. Otras, que era mi hermana. —Jon Nieve lo miraba tan horrorizado como fascinado. Tyrion se echó a reír a carcajadas—. No pongas esa cara, bastardo. Yo sé tu secreto. Tienes los mismos sueños.



—Basta ya —dijo Jon Nieve, con el rostro contraído por la rabia—. ¡La Guardia de la Noche es una vocación muy noble!
—Eres demasiado listo para creerte semejante cosa —dijo Tyrion después de reírse.

 
Ésos son tus nuevos hermanos, Jon Nieve, ¿te gustan? Campesinos hoscos, deudores, cazadores furtivos, violadores, ladrones y bastardos como tú. Todos acabáis en el Muro, vigilando por si aparecen grumkins, snarks y todos los monstruos con los que te asustaba tu ama de cría. Lo bueno es que los grumkins y los snarks no existen, así que como trabajo no es muy peligroso. Lo malo es que se te congelarán los huevos, pero como de todos modos no te dejan tener hijos tampoco importa mucho.


—¿Por qué me ha atacado? —preguntó Tyrion después de mirar de soslayo al lobo huargo y limpiarse la sangre de la boca con el dorso de la mano.
—A lo mejor ha pensado que eras un grumkin. Tyrion le lanzó una mirada agria. Luego se echó a reír, con un bufido de diversión que le salió por la nariz sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
—Oh, dioses —dijo entre carcajadas entrecortadas—. Sí, me imagino que tengo pinta de grumkin. ¿Qué hará entonces con los snarks?
—Mejor que no lo sepas.



—Ah, ya estás aquí —dijo Benjen Stark saliendo de la tienda que compartía con su sobrino—. No vuelvas a alejarte sólo, Jon. Pensé que los Otros te habían cogido.
—Fueron los grumkins —le dijo Tyrion con una carcajada. Jon Nieve sonrió. Stark miró a Yoren, desconcertado.



—Lady Stark —dijo Ser Rodrik mientras el guardia salía de la habitación—, ¿os fijasteis por casualidad en la daga que llevaba el asesino?
—Dadas las circunstancias no pude examinarla con detalle, pero te aseguro que estaba bien afilada —replicó Catelyn con una sonrisa seca—.



—Quiero responder —intervino Sansa rápidamente para aplacar la ira de su príncipe. Sonrió al caballero verde—. Vuestro casco luce astas doradas, mi señor. El venado es el emblema de la Casa real. El rey Robert tiene dos hermanos. Por vuestra juventud sólo podéis ser Renly Baratheon, señor de Bastión de Tormentas y consejero del rey, y así os llamo.
—Por su juventud sólo puede ser un mequetrefe engreído —dijo Ser Barristan riéndose entre dientes—, y así lo llamo yo.

 
—Se acabó —les dijo Thorne—. Hay un límite para la ineptitud que puedo soportar en un día. Si alguna vez nos atacan los Otros, ruego a los dioses que tengan arqueros, porque no servís más que para detener las flechas.
 
Si había de estar solo, convertiría la soledad en su armadura.


—Me has roto la muñeca, bastardo.
Jon alzó los ojos al oír la voz hosca. Grenn estaba de pie ante él, cuello grueso, rostro enrojecido, acompañado por tres de sus amigos. Conocía a Todder, un chico bajito y feo con voz muy desagradable. Todos los reclutas lo llamaban Sapo. Los otros dos eran los que habían llegado al norte con Yoren; Jon los recordaba, eran los violadores detenidos en los Dedos. Lo que no recordaba eran sus nombres. Si podía evitarlo, nunca hablaba con ellos. Eran unos salvajes y unos matones, sin un ápice de honor.
—Si me lo pides por favor —dijo mientras se levantaba—, te rompo la otra.



—Siempre nos dejas mal —se quejó Sapo.
—Ya estabais mal antes de que os conociera —se burló Jon.



Jon consiguió ponerse en pie. Donal Noye los miraba con el ceño fruncido.
—Las peleas, en el patio. Si metéis vuestras rencillas en mi armería, serán mis rencillas, y eso no os va a gustar.



—La Guardia necesita hasta al último de los hombres —empezó Donal Noye en cuanto estuvieron a solas—. Incluso a hombres como Sapo. No es ningún honor matarlo.
—Dijo que mi madre era una... —Jon había enrojecido de ira.
—Una ramera. Lo oí. ¿Y qué?
—Lord Eddard Stark no es hombre que se acueste con rameras —dijo Jon con tono gélido—. Su honor...
—No le impidió engendrar a un bastardo. ¿Verdad?

 
—Las palabras no convierten a tu madre en una ramera. Es lo que es, y nada de lo que diga Sapo lo puede cambiar. Y por cierto, las madres de algunos de nuestros hombres sí eran rameras.
 
—Sí. Frío, duro y cruel. Así es el Muro, y así son los hombres que lo patrullan. Nada que ver con los cuentos que te contaba tu niñera. Nosotros nos meamos en los cuentos y tambien en la niñera
 
—Sí, vida —asintió Noye—. Una vida larga o corta, eso depende de ti, Nieve. Por el camino que vas, tus hermanos te cortarán la garganta cualquier noche de éstas.
—No son mis hermanos —saltó Jon—. Me detestan porque soy mejor que ellos.
—No.
Te detestan porque te comportas como si fueras mejor que ellos. Te miran y ven a un bastardo criado en un castillo que se comporta como un señor. —El armero se inclinó hacia él—. No eres ningún señor. Recuérdalo siempre. Tu apellido es Nieve, no Stark. Eres un bastardo y un matón.
—¿Yo? ¿Matón, yo? —Jon estuvo a punto de atragantarse con la palabra. La acusación era tan injusta que lo había dejado sin aliento—. Fueron ellos los que me atacaron. Los cuatro.
—Cuatro muchachos a los que habías humillado en el patio. Cuatro muchachos que seguramente te tienen miedo. Te he visto pelear. Contigo no es un entrenamiento. Si tu espada tuviera filo, estarían muertos. Eso lo sabes bien, y ellos también lo saben. No les dejas nada. Los avergüenzas. ¿Te sientes orgulloso de eso?
Jon titubeó. Se sentía orgulloso cuando ganaba. ¿Por qué no? Pero el armero le estaba quitando también eso, hacía que pareciera algo malo.
—Todos son mayores que yo —dijo a la defensiva.
—Mayores, más altos y más fuertes, cierto. Pero me apuesto lo que sea a que tu maestro de armas te enseñó a pelear con hombres más corpulentos en Invernalia. ¿Era algún anciano caballero?
—Ser Rodrik Cassel —asintió Jon con cautela. Percibía que allí había alguna trampa, notaba cómo se cerraba en torno a él.
—Piénsalo bien, chico. —Donal Noye se inclinó hacia delante, hasta que su rostro casi rozó el de Jon—. Antes de conocer a Ser Alliser ninguno de los otros había tenido un maestro de armas. Sus padres eran granjeros, carreteros, cazadores furtivos, herreros, mineros, remeros en galeras mercantes... Lo poco que saben de lucha lo aprendieron en los malecones, en los callejones de Antigua y de Lannisport, en burdeles de las afueras y tabernas a lo largo del camino real. Quizá esgrimieran palos alguna vez antes de llegar aquí, pero te puedo asegurar que, en veinte años, no he visto ni a uno que tuviera suficiente dinero para comprar una espada de verdad. —Parecía sombrío, torvo—. Bueno, ¿qué tal te saben ahora las victorias, Lord Nieve?



Pillar a la gente desprevenida tiene muchas ventajas. —Tyrion Lannister iba envuelto en pieles tan gruesas que parecía un oso diminuto—. Nunca se sabe qué vas a aprender.


—Yo siempre aprendo algo allí donde voy. —El hombrecillo señaló la cima del Muro con un bastón negro y nudoso—. Como iba diciendo... ¿por qué será que, en cuanto un hombre construye un muro, inmediatamente su vecino quiere saber qué hay al otro lado? —Inclinó la cabeza y miró a Jon con sus curiosos ojos dispares—. Porque quieres saber qué hay al otro lado, ¿verdad?


—Y también hay grumkins y snarks —señaló Tyrion—. No nos olvidemos de ellos, Lord
Nieve, ¿si no a qué vendría tanto jaleo?
—No me llames Lord Nieve.
—¿Preferirías que te llamaran el Gnomo? —preguntó el enano arqueando una ceja—. Si dejas que se den cuenta de que sus palabras te hacen daño, jamás te librarás de las burlas. Si te ponen un mote, recógelo y transfórmalo en tu nombre. —Hizo otro gesto con el bastón—. Ven, acompáñame. Deben de estar sirviendo alguna bazofia en la sala común, y me iría bien tomar algo caliente.



—Hay crímenes peores —dijo Renly con una carcajada—. Por ejemplo, tu gusto en el vestir.
 
—Si esperamos a que mi hermano nos honre con su regia presencia —dijo Renly
Baratheon con una carcajada—, nos pueden salir canas.



—Por aquí no se va a mis aposentos —señaló Ned.
—¿Quién ha dicho que vayamos a vuestros aposentos? Os llevo a las mazmorras. Una vez allí os cortaré el cuello y emparedaré vuestro cadáver —replicó Meñique con sarcasmo—. No hay tiempo para tonterías, Stark. Vuestra esposa espera.
—¿A qué jugáis, Meñique? Catelyn está en Invernalia, a cientos de leguas de aquí.
—¿De verdad? —Los ojos verde grisáceos de Meñique brillaban de diversión—. En ese caso, tiene una doble idéntica. Venid, os lo digo por última vez. O no vengáis, y me quedaré yo con ella.



—Hemos salido del castillo —dijo Ned.
—No hay quien os engañe, ¿eh, Stark? —se burló Meñique—. ¿Qué os ha dado la pista, el sol o el cielo? Seguidme. Hay ranuras talladas en la roca. Por favor, no os caigáis, si os matáis Catelyn no se mostrará nada comprensiva.



—Lo más probable es que el rey no supiera nada —dijo Meñique—. No sería la primera vez. Robert tiene mucha práctica en cuestión de cerrar los ojos para no ver lo que no quiere ver.
 
—Soy un Stark de Invernalia, Lord Baelish —dijo Ned lanzándole una mirada gélida—. Mi hijo ha quedado tullido, quizá esté al borde de la muerte. Y ya habría muerto, y también Catelyn, de no ser por un cachorro de lobo que encontramos en la nieve. Si de verdad pensáis que puedo olvidarme de eso, seguís siendo tan estúpido como cuando alzasteis la espada contra mi hermano.
Puede que sea estúpido, Stark, pero aún estoy aquí, mientras que vuestro hermano lleva ya más de catorce años pudriéndose en su tumba de hielo. Si tantas ganas tenéis de pudriros a su lado, no seré yo quien os lo impida, pero prefiero que no me invitéis a esa fiesta, muchas gracias.
—Seríais la última persona a la que querría invitar a ninguna fiesta, Lord Baelish.
—Me partís el corazón. —Meñique se llevó una mano al pecho—. Siempre he pensado que los Stark sois un tanto cargantes, pero por lo visto Cat os ha cogido cierto afecto, aunque por motivos que se me escapan. Por ella, trataré de manteneros con vida. Soy un estúpido, lo se, pero nunca he podido negarle nada a vuestra esposa.



—Nunca olvidaré cuánto me has ayudado, Petyr —dijo Catelyn acercándose a él y tomándole las manos entre las suyas—. Cuando tus hombres fueron a buscarme, no sabía si me llevarían ante un amigo o ante un enemigo. Y he encontrado en ti un amigo, más que un amigo. He encontrado al hermano que creía haber perdido.
Soy un sentimental sin remedio, mi dulce señora —dijo Petyr Baelish con una
sonrisa—. Pero no se lo digas a nadie. He tardado años en convencer a la corte de que soy pervertido y cruel, no quiero que tanto esfuerzo se quede en nada.
—Yo también os lo agradezco, Lord Baelish —consiguió decir Ned con cortesía, aunque
no se había creído ni una palabra.
—Vaya, eso sí que es algo para contar a los nietos —comentó Meñique mientras salía.

 
—¿Seguro que queréis dejarnos tan pronto? —le preguntó el Lord Comandante.
—Completamente seguro, Lord Mormont —respondió Tyrion—. Mi hermano Jaime ya se
estará preguntando qué me ha pasado. Igual piensa que me habéis convencido para vestir el negro.
—Ojalá pudiera. —Mormont cogió una pata de centollo y la partió con las manos. El Lord Comandante era viejo, pero seguía teniendo la fuerza de un oso—.
Sois un hombre de gran astucia, Tyrion. En el Muro hacen falta hombres como tú.
—Si es así —dijo Tyrion con una sonrisa—, haré que reúnan a todos los enanos de los Siete Reinos y os los envíen, Lord Mormont.
Se echaron a reír.  El anciano se comió la carne de una pata de centollo y cogió otra. Les habían llegado aquella mañana de Guardiaoriente, en un barril de nieve, y estaban deliciosos.
—Lannister se está burlando de nosotros. —Ser Alliser Thorne había sido el único hombre en la mesa que ni siquiera esbozó una sonrisa.
—Sólo de vos, Ser Alliser —dijo Tyrion.
Sonaron de nuevo las carcajadas, pero esta vez tenían un matiz nervioso, inseguro.
—Tenéis una lengua muy larga para no ser ni medio hombre —le espetó Thorne clavándole los ojos negros llenos de desprecio—. ¿Qué os parece si salimos los dos al patio?
—¿Para qué? —preguntó Tyrion—. Los centollos están aquí.
Aquello provocó más carcajadas. Ser Alliser se levantó, con los labios muy apretados.
—Salgamos y repetid vuestras bromas con un acero en la mano.
—Vaya, Ser Alliser —dijo Tyrion examinándose la mano derecha—, si ya tengo acero en la mano, aunque parece un tenedor para marisco. ¿Queréis batiros en duelo? —Se subió a la silla de un salto y pinchó repetidamente el pecho de Thorne con el diminuto instrumento.
Las carcajadas llenaron la sala de la torre. Al Lord Comandante se le escaparon trocitos de centollo de la boca y estuvo a punto
de ahogarse. Hasta el cuervo se unió al regocijo general, graznando desde la ventana: «¡Duelo!¡Duelo! ¡Duelo!»



—El vencedor se queda con el botín —exclamó—. Reclamo para mí los centollos que correspondían a Thorne.
—Ha sido muy cruel por vuestra parte provocar así a nuestro estimado Ser Alliser —lo
reprendió el Lord Comandante cuando consiguió por fin recuperarse.
—Si alguien se dibuja una diana en el pecho —dijo Tyrion después de sentarse y beber un sorbo de vino— tiene que ser consciente de que tarde o temprano le van a lanzar flechas. He visto cadáveres con más sentido del humor que vuestro estimado Ser Alliser.



Tywin Lannister nos dio a elegir: vestir el negro o ver nuestras cabezas clavadas en picas antes de la noche. No os ofendáis, Tyrion.
No me ofendo, Ser Jaremy. Mi padre es muy aficionado a las cabezas clavadas en picas, sobre todo si pertenecen a alguien que le haya molestado. Vos tenéis un rostro noble, no me cabe duda de que os imaginaba ya decorando la ciudad sobre la Puerta del Rey. Habríais sido un adorno espléndido.



—A veces tengo la sensación de que Ser Alliser está en lo cierto, Tyrion. Os burláis de
nosotros y de nuestro noble propósito en este lugar.
A todos nos hace falta que se burlen de nosotros de cuando en cuando, Lord Mormont —replicó Tyrion encogiéndose de hombros—. De lo contrario, empezamos a tomarnos demasiado en serio. —Tendió la copa—. Más vino, por favor.



—Dile a Robb que seré comandante de la Guardia de la Noche y que conmigo estará a salvo, así que más vale que se vaya a coser con las niñas, y que Mikken le funda la espada para hacer herraduras.
—Tu hermano es más alto que yo —dijo Tyrion con una carcajada—. Me niego a entregar ningún mensaje que conlleve mi pena de muerte.



Le estás pidiendo a un cojo que enseñe a bailar a un tullido —dijo Tyrion—. Por sincera que sea la lección, el resultado no puede ser más que grotesco. Pero sé lo que es querer a un hermano, Lord Nieve. Prestaré a Bran la poca ayuda que esté en mi mano.
 
En Invernalia comían en el Salón Principal la mitad de las veces. Su padre decía que un señor tiene que comer con sus hombres si quiere conservarlos.
—Debes conocer a los hombres que te siguen —le oyó decir a Robb una vez—, y ellos deben conocerte. No pidas a tus hombres que mueran por un desconocido.



—¿Me la puedo quedar? —dijo cogiéndola—. ¿Para siempre?
—Para siempre. —Sonrió—. Si me la llevara, no me cabe duda de que antes de quince días encontraría una maza debajo de tu almohada. Pero, por favor, por mucho que te provoque tu hermana, no la mates.
—Te lo prometo. —Arya se abrazó a Aguja mientras su padre salía del dormitorio.



—Pero, aun así, es el verdadero rey. Es...
—Decidme la verdad —le pidió Jorah mientras detenía el caballo y la miraba—. ¿Queréis que Viserys se siente en un trono?
—No sería un buen rey, ¿verdad? —dijo Dany después de meditar un momento.
—Los ha habido peores... pero no muchos. —El caballero volvió a poner su montura al paso.
—De todos modos —insistió Dany situándose junto a él—, el pueblo llano lo espera. El magíster Illyrio dice que están bordando estandartes de dragones y rezando por que Viserys cruce el mar estrecho y regrese para liberarlos.
El pueblo llano, cuando reza, pide lluvia, hijos sanos y un verano que no acabe jamás —replicó Ser Jorah—. No les importa que los grandes señores jueguen a su juego de tronos, mientras a ellos los dejen en paz. —Se encogió de hombros—. Pero nunca los dejan en paz.



—Tonterías —replicó Lannister—. Con el caballo correcto y la silla adecuada, hasta un
tullido puede cabalgar.
—¡Yo no soy un tullido! —La palabra había sido como una puñalada en el corazón de
Bran. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas incontenibles.
—Entonces yo no soy un enano —dijo el enano con una mueca—. Mi padre se alegrará mucho cuando se entere.

 
—Me lo pidió tu hermano Jon —respondió con una sonrisa Tyrion Lannister llevándose una mano al pecho—. Y mi punto débil son los tullidos, los bastardos y las cosas rotas.
 
—¿Os encontráis bien, mi señor? —preguntó uno de sus hombres, espada en mano. No dejaba de mirar a los lobos, nervioso.
—Tengo una manga rota y los calzones incomprensiblemente mojados, pero no tengo nada herido salvo la dignidad.



—Las noticias son malas, señores —dijo Yoren limpiándose los dedos en el chaleco—, y es cruel pagar así vuestra comida y hospitalidad, pero quien hace una pregunta debe poder soportar la respuesta. Stark ha desaparecido.
 
…parecía que el hombre de la muralla lo vigilaba. Se apartó de la ventana, incómodo —. ¿Es que todo el mundo informa a alguien en esta maldita ciudad?
—No todo el mundo —replicó Meñique. Contó con los dedos de la mano—. A ver, estamos vos, yo, el rey... aunque, bien pensado, el rey le cuenta demasiado a la reina, y de vos no estoy del todo seguro.



¿Tenéis a vuestro servicio a algún hombre en quien confiéis plenamente?
—Sí —dijo Ned.
—En ese caso, me encantaría venderos un palacio precioso que tengo en Valyria —replicó Meñique con sonrisa burlona—. La respuesta más sensata habría sido «no», mi señor, pero si insistís... Enviad a ese ser maravilloso a ver a Ser Hugh y a los otros.



—Lord Petyr —empezó Ned—. Os... os agradezco vuestra ayuda. Quizá me equivocaba al desconfiar de vos.
—Tardáis mucho en aprender, Lord Eddard. —Meñique se pasó los dedos por la barbita
puntiaguda—. Desconfiar de mí ha sido lo más inteligente que habéis hecho desde que desmontasteis al llegar

 
—Casi todos los hombres prefieren negar la verdad antes que enfrentarse a ella —le había dicho el enano con una sonrisa. El mundo estaba lleno de gallinas que se hacían pasar por héroes. Para admitir la propia cobardía, como había hecho Samwell Tarly, hacía falta una especie singular de valor.


—¿Puedo serviros en algo más?
—Tendrás que empezar a visitar prostíbulos.
—Dura misión me encomendáis, señor —sonrió Jory—. A mis hombres no les importará ayudarme. Creo que Porther ya ha empezado por su cuenta.

 
Ned se lo quedó mirando sin decir palabra, a la espera. A lo largo de los años había aprendido que a veces el silencio da más fruto que las preguntas. Aquélla fue una de esas ocasiones.
 
—No es culpa de los chicos —dijo Ned al rey. Sólo necesitó echar un vistazo para comprender el problema—. Estás demasiado gordo para tu armadura, Robert.
Robert Baratheon bebió un largo trago de cerveza, tiró el cuerno vacío a un lado, junto a las pieles con que se abrigaba por la noche, y se secó la boca con el dorso de la mano.
—¿Gordo? Gordo, ¿eh? —dijo con voz sombría—. ¿Te parece ésa manera de hablar a tu rey? —Dejó escapar una de sus carcajadas, repentina como una tormenta—. Ay, Ned, maldito seas, ¿por qué tienes razón siempre?

 
Maldito seas, Ned Stark. Malditos seáis Jon Arryn y tú. Yo os quería a los dos. ¿Por qué me hicisteis esto?
 
De repente a Tyrion le entraron unas ganas inmensas de ponerse en pie de un salto, blandir el hacha y gritar «¡Roca Casterly!». Por suerte el ataque de locura apenas duró un segundo, y se encogió todavía más en su escondrijo.
 
«Que se carguen a la muy zorra —pensó Tyrion—, y que les aproveche», pero se encontró avanzando hacia ellos.
 
El jinete recordó de repente una cita inaplazable y se alejó al galope.
 
—Recoged todas las piedras que queráis —le dijo Bronn—, pero no contéis con Chiggen ni conmigo. Tengo mejores cosas que hacer en vez de amontonar rocas encima de cadáveres... como respirar, por ejemplo. —Miró al resto de los supervivientes—. Los que queráis seguir vivos más allá de esta noche, venid con nosotros.
 
—Bueno... —dijo Desmond mientras desenfundaba la espada—, si le cortáis la cabeza a un mago, muere igual que cualquier otro hombre.


—Así que me recomiendas que no haga nada hasta que el engendro del dragón
desembarque con su ejército en mis playas, ¿no?
—El «engendro del dragón» está en el vientre de su madre —dijo Ned—. Ni siquiera
Aegon inició sus conquistas hasta después de que lo destetaran.



—La misericordia no es nunca un error, Lord Renly —replicó Ned—. En el Tridente, Ser Barristan, aquí presente, mató a una docena de buenos hombres que eran amigos míos y de Robert. Cuando lo trajeron ante nosotros, malherido y al borde de la muerte, Roose Bolton quería que le cortáramos la cabeza, pero vuestro hermano dijo: «No mataré a un hombre por ser leal, ni por luchar bien», y envió a su maestre para que atendiera las heridas de Ser Barristan. —Lanzó al rey una mirada larga y fría—. Ojalá estuviera aquí ese hombre.
—No es lo mismo —protestó Robert y tuvo la decencia de sonrojarse—. Ser Barristan era un caballero de la Guardia Real.
—Mientras que Daenerys es una niña de catorce años. —Ned sabía que estaba yendo demasiado lejos, pero no podía guardar silencio—. ¿Para qué nos alzamos contra Aerys Targaryen, Robert, si no fue para poner fin al asesinato de niños?
—¡Para poner fin a los Targaryen! —rugió el rey.
—No sabía que tuvieras miedo de Rhaegar, Alteza. —Ned trató de que el desprecio no se trasluciera en su voz, y no lo logró—. ¿Acaso los años te han quitado tanta hombría que ahora tiemblas ante la sombra de un niño nonato?
—Basta ya, Ned —le advirtió Robert, que se había puesto rojo como la grana, al tiempo que lo señalaba con un dedo—. Ni una palabra más. ¿Has olvidado quién es el rey?
—No, Alteza —replicó Ned—. ¿Y tú?

 
—Hay honor en enfrentarse al enemigo en el campo de batalla, Alteza —dijo Ser Barristan Selmi, que había tenido la mirada clavada en la mesa, alzando los ojos azules—, pero no en asesinarlo cuando está en el vientre de su madre. Perdonadme, pero debo apoyar a Lord Eddard.
 
—Cuando uno está en la cama con una mujer fea, lo mejor que puede hacer es cerrar los ojos y poner manos a la obra —declaró—. Aunque espere, la mujer no será bonita. Hay que besarla y terminar con el asunto.


—Mormont desea un perdón real más que ninguna otra cosa —les recordó Lord Renly.
—Más que ninguna otra cosa —dijo Varys—, pero para disfrutarlo tendría que seguir con vida. A estas alturas la princesa debe de estar cerca de Vaes Dothrak, donde desenfundar una hoja afilada significa la muerte. Si os contara lo que le harían los dothrakis al desgraciado que se atreviera a esgrimir un arma contra una khaleesi, no dormiríais esta noche.



El veneno es arma de cobardes —protestó el rey.
—¿Envías a mercenarios a matar a una niña de catorce años, y todavía hablas de honor? — Ned ya había oído demasiado. Empujó la silla hacia atrás y se levantó—. Hazlo tú en persona, Robert. El hombre que dicta la sentencia tendría que ser capaz de blandir la espada. Mírala a los ojos antes de matarla. Mira sus lágrimas, escucha sus últimas palabras. Es lo mínimo que le debes.

 
—No tomaré parte en un asesinato, Robert. Haz lo que quieras, pero no me pidas que le ponga mi sello. Por un momento Robert no pareció comprender lo que Ned decía. El desafío no era un plato al que estuviera acostumbrado.


—Eres la Mano del Rey, Lord Stark. Harás lo que te ordene, o buscaré otra Mano que cumpla mis órdenes.
—Y yo le desearé la mejor de las suertes.—Ned se quitó el pesado broche con que se cerraba la capa: era una ornamentada mano de plata, símbolo de su cargo. La dejó en la mesa, ante el rey, sin poder evitar la tristeza por el recuerdo del hombre que se la había puesto, del amigo al que había querido—. Te creía mejor hombre, Robert. Pensé que habíamos puesto en el trono a un hombre más noble.

 
«Y cuando la sepas, ¿qué? Hay secretos que es mejor desconocer. Hay secretos demasiado peligrosos para compartirlos, incluso con aquellos a quienes se ama y en los que se confía.»
 
—¿Puedo preguntaros la razón de vuestra visita, Lord Baelish?
—No os robaré mucho tiempo. He pasado de camino, voy a cenar con Lady Tanda. Empanada de lamprea y cochinillo asado. Esa mujer tiene intención de casarme con su hija pequeña, así que a su mesa se come siempre como si fuera fiesta. La verdad, antes me casaría con el cochinillo, pero eso no se lo voy a decir. Me encanta la empanada de lamprea.
—No seré yo quien os aparte de vuestras anguilas, mi señor —dijo Ned, con desdén gélido—. En estos momentos no se me ocurre nadie cuya compañía me resulte menos grata que la vuestra.
—Vamos, vamos, seguro que si lo intentáis de verdad se os ocurren unos cuantos nombres. Varys, por ejemplo. Cersei. O Robert. Su Alteza está muy, muy furioso. Cuando os marchasteis esta mañana, siguió dándole al tema un buen rato. Creo recordar que las palabras «insolente» e «ingrato»se pronunciaron varias veces.



—Así que ahora concedemos títulos a los asesinos —dijo Ned, asqueado.
—Los títulos salen baratos. —Meñique se encogió de hombros—. Los Hombres sin Rostro son caros. Seamos sinceros, yo he hecho más por esa chica que vos, con todo vuestro blablablá sobre el honor. Si un mercenario borracho con ansias de grandeza intenta matarla, probablemente hará una chapuza, y después el dothraki estará en guardia. Si hubiéramos enviado a los Hombres sin Rostro, ya podríais darla por muerta.
—Os sentáis en el Consejo —dijo Ned con el ceño fruncido—, habláis de mujeres feas y
labios de acero, ¿y esperáis que crea que intentabais proteger a la niña? ¿Acaso pensáis que soy idiota?
—La verdad, sí —dijo Meñique con una carcajada.



—¿El asesinato os parece gracioso, Lord Baelish?
—No me río del asesinato, sino de vos, Lord Stark. Vuestra actitud es la de un hombre que bailara sobre hielo frágil. Creo firmemente que caeréis con un chapuzón de lo más honorable. Me parece que esta mañana escuché el primer crujido.
—El primero y el último —replicó Ned—. Ya he tenido suficiente.



Lord Néstor, os encomiendo que vigiléis bien a mi prisionero.
—Y yo os encomiendo que llevéis al prisionero una copa de vino y un buen capón asado, antes de que se muera de hambre —intervino Lannister—. Tampoco estaría mal tener una mujer, pero me imagino que es pedir demasiado.



—Ya entiendo. —Meñique se sacudió la lluvia del pelo, y soltó una carcajada—. Lord Arryn descubrió que Su Alteza había preñado a unas cuantas putas y a unas verduleras, así que había que cerrarle la boca. No es de extrañar. Si un hombre con semejantes conocimientos hubiera vivido, ¿a dónde iríamos a parar? Tarde o temprano empezaría a decir que el sol sale por el este, y cosas así.
 
—Un enemigo muerto es el espectáculo más hermoso que existe —anunció.
 
—A veces no resulta fácil diferenciar la locura de la desesperación —señaló el maestre Luwin.
 
—Jodido cabrón, hijo de una mula con viruelas —escupió Tyrion, que no pudo contener la rabia—. Ojalá te mueras comido por la sífilis.
 
—Vaya, ¿a él también lo maté yo? —bromeó Tyrion como un idiota.
Luego se dio cuenta de que había perdido una inmejorable ocasión para quedarse callado, con la cabeza inclinada.



—Pues qué ocupado he estado últimamente —dijo con amargo sarcasmo—. ¿De dónde habré sacado tiempo para matar a tanta gente?
 
Su hermano jamás se molestaría en desatar un nudo si podía cortarlo en dos con la espada.
 
Algunos iletrados desdeñaban la escritura; otros, en cambio, sentían una especie de reverencia supersticiosa ante la palabra escrita, la consideraban una cosa mágica. Por suerte, Mord pertenecía a la última categoría.
 
—Levántate, Gnomo. Mi señora quiere verte.
Tyrion se restregó los ojos y amagó una sonrisa que estaba lejos de sentir.
—Eso no lo dudo, pero, ¿por qué crees que yo voy a querer verla a ella?



No parecía el tipo de persona que pensara unirse a la Guardia de la Noche, de
modo que Tyrion dedujo que la mujer pensaba que la ropa de luto era lo más adecuado para escuchar su confesión



—¿Por dónde podría empezar? Sí, soy un hombrecillo vil, lo confieso. Damas, caballeros, mis pecados son incontables. Me he acostado con prostitutas, y no una vez, sino cientos. He deseado la muerte de mi padre, y también la de mi hermana, nuestra reina. —Alguien a su espalda dejó escapar una risita—. No siempre he sido bondadoso con mis sirvientes. He apostado. Me sonroja admitirlo, pero también he hecho trampas. He dicho muchas cosas crueles y maliciosas de las nobles damas y caballeros de la corte. —Aquello provocó otra carcajada—. En cierta ocasión...
—¡Silencio! —El rostro blanco de Lysa Arryn estaba congestionado de ira—. ¿Qué hacéis, enano?
—Es evidente, mi señora. —Tyrion inclinó la cabeza hacia un lado—. Confieso mis crímenes.
—Se os acusa de enviar a un asesino a sueldo para que asesinara en su lecho a mi hijo Bran —dijo Catelyn Stark dando un paso al frente—, y de conspirar para acabar con la vida de Lord Jon Arryn, la Mano del Rey.
—Esos crímenes no los puedo confesar —dijo Tyrion encogiéndose de hombros—. No sé nada de ningún asesinato.



—Mi señora —dijo en aquel momento, clavando una rodilla en el suelo—. Te ruego que
encomiendes a otro esta carga, yo no la deseo. Ese hombre no es ningún guerrero. Fijaos bien en él. Se trata de un enano, de la mitad de mi tamaño, y con las piernas tullidas. Me avergonzaría asesinar a un hombre así, y llamarlo justicia.



Elegid a un campeón, Gnomo... si creéis que habrá alguien dispuesto a morir por vos.
—Si no os importa, prefiero encontrar a alguien dispuesto a matar por mí.



—Y esto va a empezar ahora mismo —dijo Ser Arthur Dayne, la Espada del Amanecer.
Desenvainó a Amanecer y la sujetó con ambas manos. La hoja era blanca como la leche, la luz hacía que pareciera tener vida.
—No —dijo Ned con voz entristecida—. Esto va a terminar ahora mismo.



—Dile que estoy demasiado débil para ir a verlo. Si quiere hablar conmigo, será un placer recibirlo aquí. Y espero que esté durmiendo profundamente cuando lo despiertes.
 
—Barra —gruñó—. Y supongo que pensará que eso me complace. Maldita chica, pensé que tenía más sentido común.
—No tiene más de quince años, es una prostituta, y ¿pensabas que tenía más sentido común? —preguntó Ned, incrédulo. La pierna empezaba a dolerle mucho. Le costaba contener la ira—. Esa niña tonta está enamorada de ti, Robert.



—Esta conversación no es apropiada para los oídos de la reina —dijo el rey echándole una mirada a Cersei.
—A Su Alteza no le gustará nada de lo que yo pueda decir —replicó Ned—. Me han contado que el Matarreyes ha huido de la ciudad. Dame permiso para obligarlo a volver, y que se haga justicia.
—No —dijo el rey después de hacer girar el vino en la copa, pensativo y beber un sorbo—. Y no quiero oír más sobre este tema. Jaime mató a tres de tus hombres, y tú a cinco de los suyos. Punto y final.
—¿Ésa es tu idea de la justicia? —estalló Ned—. En ese caso, me alegro de no ser ya la Mano.



—Los dioses jugaron con nosotros dos —dijo Cersei, en su rostro se reflejaba un mundo de desprecio—. Yo debería vestir una cota de mallas, y tú llevar faldas.
El rey, rojo de ira, le asestó un violento golpe con el dorso de la mano. Cersei Lannister se tambaleó contra una mesa y cayó al suelo, pero no dejó escapar ni una lágrima. Se llevó los finos dedos a la mejilla magullada, donde la piel blanca empezaba ya a enrojecerse. Al día siguiente el moretón le cubriría la mitad del rostro.
—Luciré esto como símbolo de honor —anunció.
—Pues lúcelo en silencio, o te honraré de nuevo —juró Robert.

 
Siempre he sido fuerte... nadie podía conmigo, nadie. Pero, ¿cómo se pelea con alguien si no lo puedes golpear? —El rey sacudió la cabeza, confuso—.


El enano la ha hecho bailar a su son y ella está tan sorda que no oye la música.
 
—¿Vas a unirte al festival de los locos? —gritó Ser Brynden—. Te diría que le dieras una
buena bofetada a ver si se le metía algo de sentido común en la cabeza, pero no serviría de nada, sólo te magullarías la mano.



Es el camino más largo para volver a casa, pero así al menos llegaré.
 
Lord Randyll no pudo convertir a Sam en un guerrero, y Ser Alliser tampoco podrá. Por mucho que se golpee el estaño, nadie lo puede transformar en hierro. Pero eso no quiere decir que el estaño no sirva de nada.
 
—Un plan excelente, Bronn —dijo Tyrion Lannister con un suspiro—. Llévalo a cabo... y
perdóname si no me paro a enterrarte.



No te equivoques, enano: luché por ti, pero no te tengo aprecio.
—Necesitaba tu espada, no tu amor eterno —replicó Tyrion. Soltó la brazada de leña en el suelo. Bronn sonrió.



Los Stark sólo quieren a su servicio hombres valientes, leales y nobles. Y vamos a ser sinceros, Chiggen y tú erais escoria. —Tyrion chocó el pedernal contra la daga, tratando de provocar una chispa. No sucedió nada.
—Tienes una lengua muy osada, hombrecito —dijo Bronn dejando escapar un bufido—. El día menos pensado alguien te la cortará y te la hará tragar.
—Eso me dice todo el mundo. —Tyrion alzó la vista hacia el mercenario—. ¿Te he ofendido? Pues perdóname... pero eres escoria, Bronn, no te llames a engaño. No te importa nada el honor, el deber ni la amistad. No, no te molestes, los dos sabemos que es así. Pero no eres ningún idiota.



—Bien hecho —dijo Tyrion—. Puede que seas escoria, pero resultas de lo más útil, y con la espada en la mano eres casi tan bueno como mi hermano Jaime. ¿Qué quieres, Bronn? ¿Oro? ¿Tierra? ¿Mujeres? Mantenme con vida y lo tendrás.
—¿Y si mueres? —Bronn sopló con suavidad sobre el fuego y las llamas se elevaron.
—En fin, al menos tendré a alguien que me llore con dolor sincero —sonrió Tyrion—. El oro se acaba conmigo



—Me parece muy bien —dijo—. Mi espada está a tu servicio... pero no pienso ir por ahí hincando la rodilla en tierra y llamándote «mi señor» cada vez que te tiras un pedo. Yo no adulo a nadie.
—Tampoco eres amigo de nadie —replicó Tyrion—. No me cabe duda de que me
traicionarías tan deprisa como traicionaste a Lady Stark si con ello sacaras algún beneficio. Si en algún momento te entran tentaciones de venderme, acuérdate de esto, Bronn: igualo cualquier oferta, la que sea. Me gusta la vida. En fin, ¿no ibas a buscar algo para que cenáramos?



—Si yo estuviera en su lugar me temería una trampa —dijo Bronn—. Parece como si
quisiéramos atraerlos, ¿qué otro motivo habría para que tomáramos tan pocas precauciones?
—En ese caso, si nos ponemos a cantar huirán despavoridos. —Tyrion soltó una risita y
empezó a silbar una melodía.
—Estás loco, enano —dijo Bronn mientras se limpiaba la grasa de debajo de las uñas con la daga



Voy a intentar dormir un rato. Despiértame si ves que van a matarnos.
 
¿Cómo prefieres morir, Tyrion, hijo de Tywin?
—En mi propia cama, con la barriga llena de vino, la polla en la boca de una doncella y a la edad de ochenta años —replicó.



—¿Éstas son las mejores armas que habéis conseguido robar? —preguntó—. No están mal para matar ovejas... siempre que las ovejas no se resistan. Los herreros de mi padre cagan acero de mejor calidad.
 
—¿Tenemos pues vuestro permiso para emprender la venganza contra Ser Gregor? —
preguntó Marq Piper al trono.
—¿Venganza? —inquirió Ned—. Pensaba que estábamos hablando de justicia. Con
quemar los campos de Clegane y matar a sus siervos no se recuperará la paz del rey, no haréis más que poner parches en vuestro orgullo.



—El sueño es el mejor médico.
—Tenía la esperanza de que lo fuerais vos.



Las piernas rotas se curaban con el tiempo, pero algunas traiciones se pudrían y envenenaban el alma.
 
—Hasta un ciego se daría cuenta de que el Perro despreciaba a su hermano.
—Ah, pero Ser Gregor era suyo para odiarlo, no vuestro para matarlo. Cuando Dondarrion corte la cumbre de nuestra Montaña, las tierras de los Clegane y todos sus rendimientos pasarán a manos de Sandor, pero yo en vuestro lugar no aguantaría la respiración esperando su gratitud.



Linajes e historia de las Grandes Casas de los Siete Reinos, con muchas
descripciones de nobles caballeros, damas y sus descendientes —leyó en voz alta—. Una lectura tediosa donde las haya, en mi opinión. ¿Es vuestra poción para dormir, mi señor?
Ned valoró durante un instante la posibilidad de decirle lo que sabía, pero las chanzas de Meñique le resultaban insufribles. Era un hombre demasiado astuto, y la sonrisa burlona no parecía borrársele nunca de los labios.
—Jon Arryn estaba leyendo ese libro cuando cayó enfermo —dijo con cautela, para ver cómo respondía.
—Entonces la muerte vino a aliviarlo de tanto sufrimiento —respondió como hacía siempre, con sarcasmo. Lord Petyr hizo una reverencia y se marchó.



—Claro que lo fue, mi señor —insistió Cersei—. Cuando se juega al juego de tronos sólo se puede ganar o morir. No hay puntos intermedios
 
Asesinado por un cerdo —murmuró el rey. Cerró los ojos y pareció relajarse—. Debería
reírme, pero duele demasiado.



—Ni el mejor de los caballeros puede proteger a un rey de sí mismo —dijo Ned—.
 
—¿Es que no tenéis ni un ápice de honor? —Ned se lo quedó mirando.
—Un ápice sí, claro —replicó Meñique en tono ligero.



Vestís vuestro honor como si fuera una armadura, Stark. Creéis que os protege, pero en realidad no es más que una carga que os hace moveros despacio. despacio. Miraos al espejo. Sabéis por qué me habéis hecho venir. Sabéis qué queréis pedirme que haga. Sabéis que es necesario...pero no es honorable, así que no os atrevéis a decirlo en voz alta.
 
—Escuchad mis palabras, sed testigos de mi juramento —recitaron; sus voces llenaron el bosquecillo en el ocaso—. La noche se avecina, ahora empieza mi guardia. No terminará hasta el día de mi muerte. No tomaré esposa, no poseeré tierras, no engendraré hijos. No llevaré corona, no alcanzaré la gloria. Viviré y moriré en mi puesto. Soy la espada en la oscuridad. Soy el vigilante del muro. Soy el fuego que arde contra el frío, la luz que trae el amanecer, el cuerno que despierta a los
durmientes, el escudo que defiende los reinos de los hombres. Entrego mi vida y mi honor a la Guardia de la Noche, durante esta noche y todas las que estén por venir.



—Estás muerta —dijo Syrio dando un paso atrás.
Arya hizo una mueca.
—Has hecho trampa —dijo Arya, furiosa, con una mueca—. Dijiste izquierda y atacaste por la derecha.
—Exacto. Y estás muerta, chica.
—¡Pero mentiste!
—Mis palabras mintieron. Mis ojos y mi brazo decían la verdad a gritos, pero no la viste.
—¡Sí estaba mirando! —protestó Arya—. ¡No dejé de mirar ni un instante!
—Mirar y ver no son misma cosa, chica muerta.



El corazón miente y la mente engaña, pero los ojos ven. Mira con los ojos. Escucha con los oídos. Saborea con la boca. Huele con la nariz. Siente con la piel. Y sólo luego piensa, y así sabrás la verdad.
 
«El miedo hiere más que las espadas»
 
El hombre que teme la derrota ya ha sido derrotado.
 
«No hagas nunca lo que esperan», le había dicho Syrio en cierta ocasión.
 
El maestre Aemon te envió para que fueras sus ojos, ¿no? ¿Y de qué sirven unos ojos si están cerrados?
 
Las cosas que amamos siempre acaban por destruirnos, muchacho, no lo olvides.
 
«Que se burlen», pensó Bran. Nadie se burlaba de él cuando estaba en su habitación, pero se negaba a pasarse la vida en la cama.
 
—Ya veo que las noticias de tu muerte eran infundadas.
—Lamento decepcionarte, padre —dijo Tyrion—. No hace falta que saltes para abrazarme, no quiero que te canses.



—En mi opinión tú fuiste el que comenzó todo esto —replicó Lord Tywin—. Tu hermano
Jaime jamás se habría dejado capturar tranquilamente por una mujer.
—Es una de las diferencias que hay entre Jaime y yo. Y otra es que Jaime es más alto, no sé si te habrás dado cuenta.



—Vaya —dijo Tyrion—. Qué gente más descarada, mira que atreverse a contraatacar. Lo malo es que me reclaman asuntos importantes
 
—Padre, mi corazón salta de alegría al ver que estás deseoso de confiarme... ¿cuántos
hombres? ¿Veinte? ¿Cincuenta? ¿Seguro que puedes prescindir de tantos? Bueno, no importa. Si me tropiezo con Thoros y con Lord Beric les daré una buena azotaina.



Y por último, éste es Bronn, un mercenario sin lealtades particulares. En
el breve tiempo que hace que lo conozco ha cambiado de bando dos veces. Te llevarás de maravilla con él, padre.



—Una sala en la que morir y hombres para que me entierren —replicó Ser Barristan—. Os lo agradezco, mis señores... pero escupo sobre vuestra compasión.
 
—Cuando mataron a mis guardias estabais junto a la reina —dijo Ned con el ceño fruncido—, y os limitasteis a mirar sin decir nada.
—Volvería a hacerlo. Creo recordar que también estaba desarmado, sin armadura y rodeado de espadas Lannister.



—Antes de aliarme con Meñique me casaría con la Cabra Negra de Qohor —Aquello había hecho sonreír al eunuco—.
 
Una vez el Septon Supremo me dijo que el sufrimiento es el precio que pagamos por nuestros pecados. Si eso es cierto, decidme, Lord Eddard... ¿por qué son siempre los inocentes los que más sufren cuando vosotros, los grandes señores, jugáis al juego de tronos?
 
Me temo que en Desembarco del Rey no nos conceden mucha importancia. Sólo nos dicen lo que quieren que sepamos, o sea, bien poca cosa.
«Y vos me decís sólo lo que queréis que sepa, o sea, todavía menos», pensó Jon con
resentimiento.



—La Guardia de la Noche existe desde hace miles de años —dijo Pyp con una sonrisa—, pero me juego lo que sea a que Lord Nieve es el primer hermano al que colman de honores por quemar la Torre del Lord Comandante.
Los demás se echaron a reír, y hasta Jon tuvo que esbozar una sonrisa.



Tú se lo dijiste, ¿verdad? —se enfadó Jon—. Le dijiste que me lo habías contado.
—Es que... Jon... no quería, pero... me preguntó... o sea... creo que lo sabía, a veces ve cosas que nadie más ve...
—¡Por los dioses, pero si es ciego! —replicó Jon, airado—.



—Jon, ¿te has preguntado alguna vez por qué los hombres de la Guardia de la Noche no
toman esposa, ni engendran hijos? —inquirió el maestre Aemon.
—No —contestó el muchacho encogiéndose de hombros. Echó más carne a los pájaros. Tenía los dedos de la mano izquierda pegajosos de sangre, y la derecha le dolía por el peso del cubo.
—Para que no amen —respondió el anciano—. Porque el amor es veneno para el honor, es la muerte para el deber.



—Entonces Lord Eddard es un hombre entre diez mil. La mayoría no somos tan fuertes. ¿Qué es el honor, comparado con el amor de una mujer? ¿Qué es el deber, comparado con el calor de un hijo recién nacido entre los brazos, o el recuerdo de la sonrisa de un hermano? Aire y palabras. Aire y palabras. Sólo somos humanos, y los dioses nos hicieron para el amor. Es nuestra mayor gloria, y nuestra peor tragedia.
»Los hombres que crearon la Guardia de la Noche sabían que su valor era lo único que se interponía entre el reino y la oscuridad del norte. Sabían que no debían tener lealtades repartidas que minaran su resolución. De manera que juraron no tener esposas ni hijos



»Si no tiene nada que temer, un cobarde no se distingue en nada de un valiente. Y todos cumplimos con nuestro deber cuando no nos cuesta nada. En esos momentos, seguir el sendero del honor nos parece muy sencillo. Pero en la vida de todo hombre, tarde o temprano, llega un día en que no es sencillo, en que hay que elegir.
 
—Duele, hijo —dijo el anciano con voz amable poniéndole en el hombro una mano arrugada y llena de manchas—. Oh, sí. Elegir... siempre ha dolido. Y siempre dolerá. Yo lo entiendo.
—No, no lo entendéis —replicó Jon con amargura—. Aunque yo sea un bastardo, se trata de mi padre...
—¿No has oído nada de lo que te he dicho, Jon? ¿Crees que eres el primero? —El maestre Aemon dejó escapar un suspiro y sacudió la cabeza con un gesto de cansancio infinito—. Los dioses creyeron oportuno poner a prueba mis votos tres veces. La primera cuando era un muchacho, la segunda en la flor de la vida y la tercera cuando ya era un anciano. Para entonces ya no tenía fuerzas, y mi vista era escasa, pero la última elección fue tan cruel como la primera. Mis cuervos me traían noticias del sur, palabras más negras que sus alas, la ruina de mi Casa, la muerte de los de mi sangre, la deshonra, la desolación... ¿Qué podría haber hecho yo, viejo, ciego y frágil? Estaba impotente como un bebé de pecho, pero sufrí al seguir aquí mientras ellos asesinaban al pobre nieto de mi hermano, y a su hijo, incluso a los bebés...
—¿Quién sois? —preguntó en voz baja, casi con miedo. Jon se quedó boquiabierto al ver el brillo de las lágrimas en los ojos del anciano.
—Un simple maestre de la Ciudadela, al servicio del Castillo Negro y de la Guardia de la Noche. —Una sonrisa desdentada tembló en los viejos labios—. Los de mi orden dejamos a un lado los nombres de nuestras casas al hacer los juramentos y ponernos el collar. —El anciano se acarició la cadena de maestre que llevaba en torno al flaco cuello—. Mi padre fue Maekar, el Primero de su Nombre, y tras él reinó mi hermano Aegon. Mi abuelo me puso el nombre en honor al príncipe Aemon, el Caballero Dragón, que fue su tío, o su padre, depende de a qué leyenda prefieras dar crédito. Aemon, me llamó...
—¿Aemon... Targaryen? —Jon apenas si daba crédito a lo que oía.
—Así me llamaba —dijo el anciano—. En el pasado. Así que ya lo ves, Jon, sí lo entiendo. Pero, aunque lo entiendo, no te voy a decir que te quedes, ni que te vayas. Deberás decidirlo tú mismo, y vivir el resto de tus días con esa decisión. Como he hecho yo. —Su voz se convirtió en un susurro—. Como he hecho yo.



—Debería encargarte la misión de enterrar a nuestros muertos, Tyrion —bufó Lord
Tywin—. Si llegas tan tarde a la batalla como a la mesa, cuando te dignes a aparecer la lucha habrá terminado.
—Vamos, padre, al menos me reservarás un par de labriegos, ¿no? —replicó Tyrion—.
Tampoco muchos, no quiero ser codicioso.



—¿Y la perspectiva de enfrentarte al joven Stark te acobarda, Tyrion? A tu hermano
Jaime le encantaría tenerlo delante.
—Yo lo que deseo es tener delante ese lechón. Robb Stark no es tan tierno, y jamás ha
olido tan bien.



En cierta ocasión Tyrion lo había obligado a enseñársela para estar seguro.
—Pues sí, es una lengua —dijo en aquella ocasión—. Quizá algún día aprendas a utilizarla.



La muchacha se levantó con un gesto grácil, y lo miró desde la cima de su altura, un metro y medio, quizá más.
—Sí, mi señor, y si te parece bien puede hablar por sí misma.
—Soy Tyrion, de la Casa Lannister —dijo Tyrion inclinando la cabeza hacia un lado—. Los hombres me llaman el Gnomo.
—Mi madre me llama Shae. Los hombres me llaman... a menudo.



—¿Me quito el vestido, mi señor? —preguntó.
—Todo a su tiempo. ¿Eres doncella, Shae?
—Si vos lo deseáis, mi señor... —contestó con recato.
—Lo que deseo es la verdad, muchacha.
—Sí, pero eso os costará el doble.



—¿Dónde la encontraste? —le preguntó Tyrion mientras meaba.
—Se la arrebaté a un caballero. No quería dejarla marchar, pero tu nombre hizo que cambiara de opinión... bueno, eso y mi daga en su garganta.
—Espléndido —replicó Tyrion secamente, al tiempo que se sacudía las últimas gotas—. Si mal no recuerdo, te pedí que me buscaras una puta, no que me crearas un enemigo.



—Mi señor padre diría que eso ha sido una insolencia —dijo Tyrion mientras se acercaba cojeando a él—, y te mandaría a las minas por impertinente.
—Por suerte para mí tú no eres tu padre —replicó Bronn—. Había otra con la nariz llena de verrugas. ¿Te la traigo?
—Sé que te rompería el corazón —dijo Tyrion para devolverle el golpe—. Me quedo con
Shae. ¿Recuerdas por casualidad el nombre de ese caballero? No quisiera tenerlo a mi lado durante la batalla.



—Encárgate de que sobreviva a esta batalla y podrás pedirme lo que quieras.
—¿Quién querría matar a alguien como tú? —Bronn se pasó la espada de la mano derecha a la izquierda, y practicó un golpe de tajo.
—Mi señor padre, por ejemplo. Me ha puesto en la vanguardia.
—Yo habría hecho lo mismo.
Un hombre pequeño con un escudo grande. A los arqueros les dará un ataque.
—Me parece que estás muy contento —bufó Tyrion—. Seguramente soy yo el que está loco.
—No te quepa duda. —Bronn envainó la espada.



—En la batalla, sigue siempre al hombre más grande.
—¿Y eso por qué? —Tyrion lo miró con el ceño fruncido.
—Son un blanco magnífico. Y ese hombre va a atraer las miradas de todos los arqueros.
—La verdad es que nunca lo había considerado desde esa perspectiva. —Tyrion se echó a reír, y vio a la Montaña con otros ojos.



Parece que estás herido.
—Eres muy perspicaz, padre —dijo Tyrion con los dientes apretados. Tenía el brazo
derecho empapado de sangre—. ¿Te importaría que me atendiera uno de tus maestres? A menos que quieras tener un hijo enano y manco...



Lady Stark —dijo Lannister de rodillas alzando la cabeza. La sangre que manaba de un
corte en el cuero cabelludo le corría por la mejilla, pero la escasa luz del amanecer volvía a dar un matiz dorado a su pelo—. Os ofrecería mi espada, pero la he extraviado.
—No es vuestra espada lo que quiero, ser —replicó ella—. Devolvedme a mi padre, a mi hermano Edmure. Devolvedme a mis hijas. Devolvedme a mi señor esposo.
—A ellos también los he extraviado.



—No —replicó su hijo al tiempo que se quitaba el guante ensangrentado—. Nos resultará más útil vivo que muerto. Y mi señor padre nunca aprobó que se matara a los prisioneros después de la batalla.
—Un hombre sabio —dijo Jaime Lannister—. Y honorable.



—¿Cómo ha podido suceder esto? —aulló de nuevo Ser Harys Swyft—. Ser Jaime prisionero, el asedio fracasado... ¡es una catástrofe!
—Todos os estamos muy agradecidos por señalar lo evidente, Ser Harys —intervino Ser Addam Marbrand—. Ahora la pregunta es, ¿qué vamos a hacer al respecto?



Si Cersei no es capaz de dominar a ese chico, tendrás que hacerlo tú. Y si esos consejeros nos intentan jugar una mala pasada...
—Picas —suspiró Tyrion que sabía cómo terminaba la frase—. Cabezas. Murallas.
—Ya veo que has aprendido algo de mí.
—Más de lo que te imaginas, padre —respondió Tyrion con voz queda.



«Lo das por perdido —pensó—. Hijo de la gran puta, crees que Jaime se puede dar por
muerto, así que soy lo único que te queda.»



—No cabe duda de que querías a tu padre —dijo cuando el muchacho le tendió el cuerno—.Aquello que amamos acaba siempre por destruirnos. ¿Recuerdas que te lo advertí?
—Lo recuerdo —replicó Jon de mala gana. No quería hablar de la muerte de su padre, ni siquiera con Mormont.
—Pues no lo olvides nunca. Las verdades más dolorosas son a las que más hay que aferrarse. Acércame el plato. ¿Otra vez jamón? Qué se le va a hacer. Pareces cansado. ¿Tan agotador ha sido el viaje de esta noche?



—¿Crees que me nombraron Lord Comandante de la Guardia de la Noche porque soy un completo imbécil, Nieve? —resopló el Viejo Oso—. Aemon me dijo que te marcharías. Yo le dije que volverías. Conozco a mis hombres... y también a mis muchachos. El honor te hizo emprender el viaje por el camino real... y el honor te hizo regresar.
—Mis amigos me hicieron regresar —replicó Jon.
—No he dicho que fuera tu honor —
dijo Mormont con la vista clavada en el plato.
—Mataron a mi padre. ¿Esperabais que me quedara aquí, sin hacer nada?
—La verdad, esperábamos que hicieras lo que hiciste. —Mormont probó una ciruela y escupió el hueso—. Ordené a los guardias que te vigilaran. Te vieron al partir. Si tus hermanos no te hubieran traído de vuelta, manos menos amigas te habrían detenido por el camino. A menos que tuvieras un caballo con alas, como un cuervo. ¿Es el caso?
—No. —Jon se sentía idiota.
—Lástima. Nos iría bien tener caballos así.
—Sé cuál es el castigo por la deserción, mi señor. —Jon se irguió en toda su estatura. Se dijo que moriría con orgullo. Era lo menos que podía hacer—.
No me da miedo la muerte.
—¡Muerte! —graznó el cuervo.
—Espero que tampoco te dé miedo la vida
—dijo Mormont al tiempo que cortaba el jamón con la daga y le daba un trocito al cuervo—.



Tu padre está muerto, muchacho. ¿Puedes devolverle la vida?
—No —replicó de mala gana.
—Excelente —dijo Mormont—. Tú y yo hemos visto volver a los muertos, y no es una
experiencia que me apetezca mucho repetir.



—¿Me recibirá? —El rostro arrugado de su tío mostró claramente el dolor que sentía. Se pasó los dedos por el espeso pelo gris. Catelyn asintió.
—Dice que está demasiado enfermo para pelear.
—Y yo soy un soldado demasiado viejo para creérmelo. —Brynden Pez Negro dejó escapar una risita—. Hoster me seguirá echando en cara lo de la hija de Redwyne incluso cuando encendamos su pira funeraria, malditos sean sus huesos























9 comentarios:

  1. Ola!!!
    Estoy leyendo Juego de Tronos y me encanta!!
    Muy buena recopilación *-*

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  2. super buenas las frases, ahora lee toda la saga y escribe mas frases!

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  3. me gustan mucho!!! pero por qué no has puesto ninguna de Daennerys y Drogo?? se decían cosas preciosas.... O las cosas que le explicaba Mormont a la Khaleesi sobre los Dothraki...
    Las que has puesto están genial, gracias

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  4. Hola!
    quería publicar un pequeño fragmento de Juego de Tronos y estaba perezoso. Justamente lo encontré aquí y pude disfrutar de la recopilación de frases. Me di una vuelta por tu simpático espacio, por el cual te felicito y me animé a dejarte un comentario. Gracias por el fragmento y por el buen rato.
    Saludos

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  5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  6. Las conversaciones de tyrion son de lo mejor de la serie... junto con la parte de john nieve, en la segunda temporada, tiene momentos realmete buenos... como las conversaciones con su hermana Cersei cuando esta cree, que tiene cautiva a su nueva "novia"...

    ..."te hare daño por esto cersei, llegara el dia en que te creas a salvo y feliz y tu dicha se convertirá en cenizas en tu boca y entonces, mi deuda estará pagada..."

    O frases con tanta razón como:

    "Aquello que no vemos, es siempre lo que nos mata"

    Tyrion Lannister...
    Un Cachondo pequeño gran hombre

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  7. Te falta una muy buena. Cuando están hablando Ned y el Rey Robert:
    Juré que mataría a Rhaegar por esto.
    y lo hicisteis.
    solo una vez.
    obviamente con todo el texto

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  8. Felicidades! muy completa la entrada, me encantó recordar momentos de la serie.

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